¡De jóvenes tristes, a hacer política con alegría!

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La política, tan desprestigiada entre los jóvenes, es el único camino que nos queda a los reformadores para hacer los cambios que de tiempo atrás hemos querido ver en el país.

Imposible no hablar de los jóvenes en esta coyuntura. Han sido protagonistas de las protestas recientes e información fresca nos ha acercado a lo que sienten y piensan. Su inconformismo es real y auténtico. Colombia no sólo es hoy un país más pobre y desigual. También la pandemia los ha alejado de la necesaria y vital socialización con sus pares. En consecuencia, el miedo por su futuro y la tristeza por su presente parecen marcar la existencia de 20 millones de colombianos entre los 18 y los 30 años.

Como reza el dicho popular, “yo también fui último modelo”, inconforme a mi manera, y bastante crítico. Mientras estudiaba economía en Eafit durante la semana, los fines de semana me formaba con Conciudadanía y diversos actores del Oriente Antioqueño en liderazgo democrático. En los días hábiles entendía el mundo a través de los modelos, historia y teoría económica que me enseñaban al capitalismo como una de las grandes revelaciones de la humanidad. Sábados y domingos, de cara a la realidad promoviendo los Consejos Municipales de Juventudes en la región, registraba de primera mano las “fallas del mercado”.

En aquella época como ahora mis deseos de cambio y reforma se han mantenido intactos. La formación económica y el permanente contacto con el liderazgo juvenil, comunitario, religioso y social de la región afianzaron mi vocación de servicio público. Más concretamente, descubrí que la única forma de cambiar lo que me atormentaba era haciendo política. Desde entonces, con pragmatismo, no he cesado en mi lucha por alcanzar los sueños de juventud. Esta decisión de vida me llevó a ser considerado por mis amigos de universidad como un tipo “muy político”; pero para los de trabajo comunitario como uno “muy técnico”.

La política, noble actividad a la que me dediqué, tan desprestigiada entre los jóvenes, es el único camino que nos queda a los reformadores para hacer los cambios que de tiempo atrás hemos querido ver en el país. Yo di el paso y donde he servido lo he hecho con el amor y la pasión que caracterizan a nuestros muchachos.

Cuento esta larga historia para invitar a nuestros jóvenes a despojarse de la tristeza y pasar de las protestas, las denuncias, las exigencias, el voluntariado y la participación en ONG a la acción política decidida. Somos muchos los que compartimos sus preocupaciones y ánimos reformistas, pero la educación y los empleos de calidad; poner la agenda ambiental en primer orden; priorizar el gasto en cultura y deporte; reducir el Congreso -haciéndolo más pequeño, unicameral- y el gasto burocrático; conectarnos con el mundo; y creer de nuevo en nuestras instituciones, sólo será posible el día que los jóvenes construyan desde la política su propio destino.

Un audio que llegó en una cadena a mi celular hace unos días destacaba cómo los colombianos prestamos mucha atención a las elecciones de alcaldes y presidente, pero no a la del Congreso. Y es allí de donde emana buena parte de la frustración que hoy tenemos. Ahora el reto es tener un Congreso muy joven en 2022. Un congreso que haga las grandes reformas, liderado por colombianos entre los 26 y 30 años que decidieron meterse a la jaula y “encadenar al leviatán”.

@AndresJRendonC

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