¡Referendo Ya!

Aunque muchos han querido señalar al Centro Democrático de tramar una retaliación con la propuesta de la constituyente por la infame decisión de la CSJ contra el Presidente Uribe, la verdad es que ni los últimos gobiernos ni congresos han podido adelantar las reformas que en lo político, electoral, territorial y sobre la justicia requiere el país.

Los ciudadanos tenemos derecho a buscar otras alternativas para tramitar estas iniciativas, así sea por un camino más demorado y tortuoso como es el de un referendo.

Aunque son varios los temas que un mecanismo como este  debería tratar, enumero en esta ocasión unos cuantos institucionales y económicos. Finalmente, las primeras moldean la política y ésta a su vez, como lo sugieren Robinson y Acemoglu, determina lo económico.

En primer lugar, se requiere una reforma a la justicia que la acerque al ciudadano; elimine sus facultades electorales que la han sumido en la más profunda corrupción; se pase de 4 altos tribunales -constitucional, supremo, de estado y superior de la judicatura- con decenas de magistrados a una sola corte que de verdad sea suprema y no tenga más de 9 togados vitalicios, y se les exija a ellos y a la Fiscalía una estricta rendición de cuentas. También, será útil impedir la puerta giratoria hacia la política o el sector privado. Una de las cosas que más daño ha hecho a la judicatura es verla llena de políticos frustrados sin votos, que llegan a liquidar a sus adversarios con la cárcel por haber sido incapaces de lograrlo en las urnas.

Igualmente, se requiere una reforma política que le dé el gusto a los colombianos de contar en esta actividad con más líderes comprometidos con el bien común y menos políticos negociantes de intereses particulares. Para esto, en mi criterio, será necesario implementar un régimen semiparlamentario, un Congreso Unicameral; así como modificar el actual esquema de descentralización.

Es importante destacar que la evidencia empírica internacional, al estudiar cuál régimen favorece más el desarrollo, ha encontrado que los sistemas de gobierno parlamentarios o semiparlamentarios, por ser más democráticos, facilitan más que los presidencialistas la consecución de bienestar.

En Colombia, la crítica a un cambio de régimen ha estado asociada a la debilidad de los partidos políticos. Sin embargo, como en su momento lo afirmara el Ex Presidente Alfonso López Michelsen, esta es la discusión del huevo y la gallina. Es probable que sea precisamente un régimen semiparlamentario lo que requiera la democracia colombiana para tener partidos fuertes.

La implementación de un régimen semiparlamentario debería asociarse con un Congreso Unicameral. El esquema bicameral colombiano no hace ningún sentido. Tanto Cámara como Senado tienen las mismas funciones y sólo difieren en número y en el origen de su elección. También comparten el mal ejercicio de representación que hacen de los electores, pues en sus circunscripciones, representan a todos y a nadie a la vez. Esto último obliga a pensar, además, en la forma en que elegimos a los miembros de las corporaciones públicas. Será útil transitar hacia una forma de elección mixta, que combine el actual sistema proporcional con uno de mayorías. Así, buena parte de los miembros del Congreso, las Asambleas y los Concejos representarían a un número específico de ciudadanos, fortaleciendo la rendición de cuentas y la transparencia.

De otro lado, es preciso que estas reformas lleguen también a los demás niveles de gobierno, departamentos y municipios. Los gobiernos en unos y otros deberían conformarse fruto de las mayorías logradas en las respectivas corporaciones públicas. Éstas, a su vez, habrían de ser elegidas bajo la modalidad mixta, fortaleciendo el papel de la representación y la rendición de cuentas. Por su puesto, será igualmente útil revisar el esquema de competencias en función de las economías de escala de los bienes y servicios públicos a ofrecer. Por ejemplo, los temas de policía, espacio público y convivencia ciudadana deberían quedar en mano de unidades territoriales pequeñas. Los asuntos de transporte público, educación, vivienda, salud, entre otros, en manos de unidades territoriales más pobladas.

Donde no se implemente el catastro multipropósito, será importante revisar la competencia local de manejar el impuesto predial. Este tributo no sólo debe servir para darles más autonomía fiscal a los municipios, sino para dinamizar el mercado de tierras rurales (vía venta o arrendamiento), gravando la propiedad con tarifas que premien la utilización de la tierra en línea con la vocación de uso del suelo. Mucho se haría en materia de distribución del ingreso procurando un mejor uso del impuesto a la propiedad en Colombia. En Estados Unidos y Canadá se logró no sólo una mejor utilización de la tierra rural; posibilitó, a finales del siglo XIX, que estos países alcanzaran altas tasas de cobertura en su educación básica.

Por último, es necesario acabar con la contralorías territoriales, verdaderas oficias de extorsión.

Todo esto, además, liberaría gran cantidad de recursos para aliviar la difícil situación social que nos dejará la pandemia y para promover el emprendimiento y la innovación.

Para llevar estos cambios es necesario un Referendo Ya.

@AndresJRendonC

Urgente: una reforma tributaria para reducir los impuestos (parte 1)

Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, ha definido como características deseables de un sistema tributario i) la sencillez de administrarlo; ii) la justicia, al tratar diferente a los diversos agentes económicos; iii) la eficiencia, al generar la menor distorsión posible en el aparato productivo;  iv) la flexibilidad, entendida como la capacidad de ajustar el sistema a los vaivenes del entorno; y v) la responsabilidad política, para que los ciudadanos sepan qué están pagando.

Mirar el sistema tributario colombiano a la luz de estos principios rectores deja de manifiesto que mientras los sigamos soslayando siempre será vigente hablar de una reforma tributaria. Y ojo, una reforma tributaria no necesariamente implica aumentar los impuestos. Podríamos aprovechar la crisis fiscal que se agravó por la pandemia para corregir lo que hace rato sabemos está mal, alivianar el peso tributario de muchos contribuyentes y aumentar los ingresos del fisco nacional.

Primero, los tributos en Colombia encierran una verdadera maraña de complejidades. A nivel nacional, los más representativos son el impuesto de renta y el IVA  -44% y 42% del recaudo total nacional, respectivamente-. Ambos están llenos de exenciones y distintos tramos tarifarios, lo que dificulta a la DIAN su administración, pero facilita a contribuyentes inescrupulosos la evasión. Cálculos propios con información de la DIAN y del BID indicarían que la evasión, para el caso colombiano, podría superar los $27 billones por año.

Segundo, para nadie es un secreto la desigualdad que existe en nuestro país. Lo peor de todo es que la política fiscal en nada resuelve la situación. Esta debería ser útil para gravar con equidad (más a los que tienen más y menos a los que tienen menos); recaudar más -apenas conseguimos en tributos el 14% de toda la economía, muy inferior a nuestos pares-; y entregarles buenos servicios a los más necesitados, de tal suerte que la acción del Estado mejore su calidad de vida. Sin embargo, datos de la OCDE confirman que la medición de desigualdad por GINI prácticamente no cambia después de impuestos y transferencias para Colombia (0,57: va de 0 a 1; mientras más se acerque a 1, más concentrado está el ingreso).

Tercero,  es claro, a lo largo y ancho del país, cómo esta situación tributaria no permite una eficiente asignación de los recursos. Para esto solo centrémonos en la distorsión tan dañina que generan los parafiscales -contribuciones a la nómina- en el mercado laboral, ocasionando una informalidad que bordea el 50%. Esto, al encarecer la contratación formal del trabajador en un 52,9%, según Eduardo Lora, reconocido economista colombiano.

Cuarto, lejos de la recomendación teórica, los tributos del gobierno nacional no “estabilizan automáticamente” nuestra economía, ni en los auges ni en las recesiones. En estos últimos casos el gobierno casi siempre ha hecho uso de mecanismos extraordinarios, tanto de impuestos como de gastos, para que la economía retorne a su senda de crecimiento, o para evitar sencillamente que esta se vuelva más pequeña.

Finalmente, no solo por lo desquiciado que es nuestro sistema tributario, sino tambien por la forma tan equivocada en que elegimos a concejales, diputados y congresistas (sistema proporcional), los contribuyentes poca certeza tenemos de lo que pagamos y de la forma en que se gastan los ingresos en los distintos niveles de gobierno. Salvo contadas excepciones, quienes hoy están en el Congreso, Asambleas Departamentales y Concejos Municipales, representan a todos los habitantes de sus grandes cirucunscripciones y a nadie a la vez. Los politólogos han dicho que esto rompe el “eslabonamiento político” que debe existir entre representantes y representados. Yo agregaría que además dificulta el apego a una de las más importantes máximas de las democracias liberales: “No a la tributación sin representación”.

@AndresJRendonC

Político por vocación

Desde joven he creído en el papel transformador de la política. A los 17 años descubrí que era a eso a lo que me dedicaría y aquí estoy. No ha sido fácil. He perdido la mitad de las elecciones a las que me he presentado y muchas veces sentí desfallecer. Como dijo Ignatieff, un ex político canadiense que vio de cerca el dolor de perder: La derrota trae lucidez y también liberación. Recuperas la libertad cuando menos te lo esperas. La reacción más sorprendente al fracaso es el alivio.  En esto, también fue inspirador leer sobre el espíritu de lucha que siempre mantuvieron en la derrota Lincoln, Obama, Belisario, entre otros.

También mantuvo viva mi esperanza lo que escogí por profesión, la economía, y las oportunidades laborales en el servicio público: Concejo de Rionegro, ministerios de Hacienda y Agricultura; y la Gobernación de Antioquia. Finalmente, llegó la más honrosa posición de servicio que podría ostentar un político por vocación: ser Alcalde de su pueblo, de su amada ciudad. Tuve ese privilegio entre 2016 y 2019, el cual siempre le agradeceré a Dios, a la vida, a los ciudadanos y a mi familia. No exento de errores, desde allí vi transformar la vida de muchos rionegreros y al territorio mismo.

Estamos vivos y hoy las ilusiones son otras:  superar la contingencia en que nos tiene sumidos esta pandemia y tener gobiernos e instituciones fuertes para enfrentar los urgentes problemas de salud pública y abocar los enormes desafíos sociales y económicos que arrastra el país. Esto  sumado a los que nos dejará el COVID-19 y a que la corrupción no se asome porque es más letal que el virus.

En los últimos 20 años Colombia redujo a la mitad su pobreza, logro que infortunadamente puede esfumarse este año de no actuar acertadamente. Evitar que así sea pasa por derrotar/contener rápido el virus y por los instrumentos que para esto utilicemos. Necesitamos políticos y servidores públicos comprometidos. Sé que para los colombianos es duro confiar: el 80% cree que quienes estamos en la política solo nos servimos a nosotros mismos o a quienes nos rodean. Revertir esto dependerá del ejemplo que en el pasado hubiésemos irradiado y de lo excepcional que podamos hacer de aquí en adelante.

Quienes estamos en la política por convicción y vocación, para servir y no para servirnos, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que los colombianos nos crean; ejercer un liderazgo pulcro, propositivo, con empatía y con conocimiento. Ese es mi compromiso, amo ser político. Lo haré así, defenderé para Antioquia y Colombia la #innovaciónsocial, el #crecimientoeconómicoverde y el renacer de la confianza y la #culturaciudadana.

Andrés Julián Rendón Cardona