Inseguridad, la pandemia de siempre (2)

En la pasada columna hice un recuento de lo que ha acontecido a lo largo de los años en Colombia en materia de orden público y seguridad ciudadana. Dije que el discurso de las “causas objetivas de la violencia” casi nos condena a tener que vivir por siempre con criminales de distinto pelambre encima. También manifesté cómo, con certeza por cuenta de la seguridad democrática, y con ingenuidad por la negociación con las Farc, creímos los desafíos al Estado por parte de grupos armados ilegales eran parte del pasado, y entonces la prioridad sería la seguridad ciudadana.

https://andresjulian.com/2020/07/09/inseguridad-colombia-pandemia/

Sin embargo, tal y como lo expresó el exviceministro de Defensa, Alejandro Arbeláez, la “seguridad nunca está consolidada”. En consecuencia, hoy tenemos tantos o más problemas de orden público y muchos y más visibles de inseguridad cotidiana. ¿Qué hacer? ¿Qué puede funcionar?

En primer lugar, no hay de otra que controlar el vasto territorio rural para poner a raya a guerrilla y bandas criminales en lo que es su objetivo estratégico, capturar las rentas de alguna actividad ilegal. En eso es clave no sólo recuperar con las Fuerzas Militares esos espacios, sino una vez se tenga presencia estatal en todas las dimensiones, dejar a los carabineros de la Policía Nacional para que siempre estén en la tarea de consolidar la presencia institucional. Aquí sería importante y fácil de lograr, como la expuesto el General (r) Luis Eduardo Martínez Guzmán, la conversión de un número importante de soldados profesionales en carabineros. Necesitarían formación en convivencia ciudadana, derecho de policía, asistencia técnica rural, entre otros asuntos que deberán conocer, por ser en la práctica la autoridad que quedaría en la Colombia profunda.

En segundo término, quiero destacar algunas medidas que nos arrojaron resultados sorprendentes en el paso por la Alcaldía de Rionegro para combatir los fenómenos de inseguridad ciudadana.

Por sugerencia del General (r) Martínez, creamos las “gerencias contra el delito”. Entendimos el fenómeno delincuencial en la ciudad y en los hogares, sus manifestaciones, sus horarios y sus frecuencias, para terminar definiendo tres gerencias. La primera, al mando del Subcomandante de Policía de la ciudad, agrupaba todos los hechos que afectaban la integridad física de las personas (homicidios, lesiones personales, violencia doméstica y abuso sexual). La segunda, coordinada por el Gaula Militar y la Fiscalía, recogía todas las acciones delictivas en contra del patrimonio de las personas (secuestro con fines extorsivos, extorsión, y los hurtos en sus distintas modalidades). La última, manejada por la SIJIN y el CTI, encerraba toda la lucha contra el microtráfico y sus estructuras delincuenciales.

De lo anterior, quedaron grandes enseñanzas. La primera, es que la seguridad requiere de un gran esfuerzo de liderazgo y coordinación por parte del gobernante, todos los días, para obtener resultados. No hubo semana en que no sostuviéramos al menos cuatro consejos o reuniones de seguridad para proteger a los ciudadanos. En cuanto a los homicidios, por ejemplo, logramos reducirlos de 50 en 2015 (al recibir nuestro gobierno) a 11 en 2019, 78% menos, ubicando la tasa por cada 100 mil habitantes en 8.2, cifra que al ser de un dígito y según la Organización Mundial de la Salud -OMS-, permite dejar de considerar este delito como un problema de salud pública.

La segunda, es que los problemas hay que visibilizarlos para enfrentarlos. Registramos con un riguroso sistema de información los casos de violencia sexual y doméstica. Motivamos la denuncia, así nos escandalizara, para atenuar la gravedad del asunto desde lo penal y desde las Comisarías de Familia.

Finalmente, aprendí que hay herramientas administrativas muy importantes y eficaces. En mi paso por la Secretaría de Gobierno Departamental y por la Alcaldía nunca me tocó presenciar un proceso de extinción de dominio a un domicilio donde se expendiera vicio. Por fortuna, el nuevo Código de Policía les dio la facultad a los alcaldes de derribar “casas de vicio” sólo con un informe de policía judicial. En Rionegro derribamos no menos de 20 y les devolvimos la dignidad a barrios enteros que por generaciones habían cargado con el moquete de ser expendios de droga. De golpe, pusimos a correr a los miembros de los tres grupos delincuenciales que en la ciudad se dedicaban a ese oficio.

En síntesis, cuando la justicia no es disuasiva -que es lo ideal- las herramientas administrativas usadas con determinación, sí que lo son.

@AndresJRendonC

Foto: Mi Oriente

Inseguridad, la pandemia de siempre (1)

Uno de los asuntos públicos que más ha agobiado a los colombianos es la violencia. Ha estado por lustros entre las demandas más importantes de los ciudadanos a las autoridades y en la agenda del debate académico y político. Aunque el problema no ha desaparecido, sí que se ha transformado tanto en la forma de abordarlo a lo largo de los años por los gobiernos, como en sus manifestaciones.

En cuanto a la forma, por fortuna se ha evaporado el discurso “de las causas objetivas de la violencia”; ese que durante décadas nos vendió la idea de ser un país inseguro por nuestra pobreza y desigualdad. Esa tesis justificó la insurgencia -aunque el trabajo académico de muchos la desbarató- y, en consecuencia, la idea contemporizadora con el crimen de muchos presidentes.

Desenmascarar este discurso llegó, primero, porque la evidencia empírica demostró cómo en el mundo ha habido países más pobres y desiguales que Colombia, pero sin la violencia que hemos tenido que sufrir en nuestro país. Segundo, porque gracias a una de las voces intelectuales más importantes en esta materia, Paul Collier, nos quedó claro que los “rebeldes” solo han actuado aquí, y en el mundo entero, como un grupo de delincuencia organizada detrás de la captura de rentas criminales; en el caso colombiano, el narcotráfico, la minería ilegal, el secuestro, la extorsión, entre otros.

En cuanto a las manifestaciones, hemos tenido de todo y en distintas categorías: i) insurgencia y contrainsurgencia narcoterrorista; ii) narcotráfico puro y duro; iii) delincuencia común; y iv) la violencia que toma lugar dentro de los hogares. Los dos primeros, que pusieron a tambalear la existencia misma del Estado colombiano, han sido expresiones típicas de la problemática de orden público; los dos últimos, de inseguridad ciudadana.

La Seguridad Democrática del Presidente Uribe puso a raya, con gran éxito, la violencia instrumental; es decir aquella que persigue, así sea disfrazada de un discurso político, la captura de una renta económica. Atrás habían quedado los grandes desafíos que guerrilla, paramilitares y narcotráfico le imponían al Estado. Por su parte, la operatividad de la Fuerza Pública, más que la misma justicia, le hizo en esta época muy costoso el accionar a la delincuencia organizada.

Todo iba bien hasta que llegó la vanidad y el ánimo contemporizador de Juan Manuel Santos, quien con su proceso de paz volvió a mandar el mensaje que se vale secuestrar, extorsionar, matar y traquetear siempre que se disfrace de rebeldía ese quehacer criminal; al fin de cuentas, siempre habrá un gobernante ávido de premios con capacidad de establecer indultos. A favor del crimen organizado de distinto pelambre también jugó la incapacidad de la justicia para defender a los ciudadanos y a la institucionalidad.

El proceso de paz con las Farc hizo pensar a muchos que acababan los problemas de orden público y comenzó a visualizar más los propios de seguridad ciudadana y violencia impulsiva, como la doméstica y sexual. Pero, la incapacidad para controlar nuestro vasto, extenso y rico territorio, ha puesto de manifiesto que la retaguardia de las Farc, el Eln y las Bacrim siguen teniendo cómo desafiarnos y amedrentarnos.

Mientras tanto, ni con el COVID-19 ha desaparecido la inseguridad de los grandes centros poblados y ha arreciado tristemente la que está acabando con la vida de mujeres y niños. Son las miles de víctimas la evidencia de que el asunto público que nos ha agobiado por muchos años, es la verdadera pandemia en Colombia, esa misma que no hemos podido extinguir.

@AndresJRendonC

Foto: AFP